A LA CAZA DE LA TRUFA

El año pasado tuve ocasión de acompañar al monte a un amigo aficionado a la “caza” de trufas con perro.

Debo comenzar diciendo que no conocía absolutamente nada de esta afición pero mi experiencia fue alucinante y muy recomendable.

Quedamos a primera hora de la mañana y salimos hacia el lugar previamente determinado por mi amigo Javier. Una vez llegados al lugar, comenzó a trabajar el perro, de raza indeterminada, pero de gran viveza y mucho oficio, según me relataba su amo.

En principio, nuestra actividad se limitaba a ir andando mientras el perro iba olfateando el suelo y escarbando de vez en cuando. Al poco de comenzar nuestra marcha, el perro se ve muy “picado” con una zona de terreno y mi amigo se dirige hacia donde el perro le marca. Comienza con las patas a escarbar el suelo y Javier le aparta y con un artilugio tipo paleta de jardinero, empieza a extraer tierra hasta hacer un pequeño agujero. Tras unos segundos escarbando y sacando tierra, puedo observar una pequeña bola oscura, poco más grande que una bola de golf. Es la ansiada trufa.

Caricias y ánimos al can y limpieza superficial de la trufa. Si bien no es muy grande, su olor es impresionante. Guardamos la trufa en una cesta de mimbre y seguimos camino.

A los diez minutos otra vez el perro escarbando. Comenzamos la misma operación, apartamos al perro y Javier comienza a hurgar sacando la tierra hasta llegar al preciado tesoro, ante nosotros, una enorme trufa de tamaño aproximado de una naranja. Buena captura, un aroma inconfundible y muy agradable al olfato. Limpiamos superficialmente la superficie de la trufa, y al cesto.

Una vez más carantoñas y palabras del ánimo para “Tiro” así se llama el perro de mi amigo Javier. Tras la última captura y viendo la hora, se impone la parada y a reponer fuerzas, bocata de panceta y unos tragos de vino. Continuamos la marcha por una zona de monte cerrado cuando oímos unos ruidos de matorrales moviéndose. El perro se pone nervioso y se dirige hacia el lugar donde provenían los ruidos, comienza a ladrar y tras los matojos, se arranca una corza que comienza a romper monte arriba.

El resto de la mañana se dio bastante bien y al final conseguimos 700 gramos de trufas aproximadamente. Una experiencia muy satisfactoria.

Tras la jornada de mañana nos dirigimos a casa de Javier y dimos cuenta de la comida que había preparado su madre. Tras la misma y en la sobremesa, comienza a contarme un sinfín de curiosidades relacionadas con la trufa.

En relación con los perros truferos, Javier me comenta que el perro es fundamental para la captura de las trufas, ya que, sin él, sería muy difícil dar con la trufa dado que se encuentra bajo tierra, aunque nos comenta que hay algunos que van sin perro guiándose por una mosca que, dado el aroma de la trufa, se posa en el lugar donde ésta se encuentra, no obstante, me comenta Javier que no es una técnica muy fiable.

Me comenta también mi amigo que el adiestramiento del perro es fundamental, debe comenzar desde muy joven y no utilizarlo para la caza, únicamente para localizar trufas. Si alternáramos al perro con ambas actividades, el perro se distraería y no sabría si vamos a trufas o de caza.

¿Sabías que se ha llegado a pagar 90.000 euros por dos trufas blancas de 900 gramos cada una?

¿Sabías que la trufa blanca es la más apreciada y su valor ronda los 6.000 euros el kilo?

¿Sabías que hay perros truferos que se han vendido por más de 18.000 euros?

En definitiva, una actividad que nos permite un paseo por el monte nada exigente, una interacción con el perro y, al final, el premio, que puede darnos unos ingresos nada despreciables.

¿Te animas?

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