mi perro tilo

Hoy he sucumbido a la nostalgia, fruto sin duda de las fechas que atravesamos, y me he acordado de mi fiel perro Tilo.

Han pasado más de veinte años y aún recuerdo su cara, sus finos andares, propios de su raza y su maravilloso olfato, que nos llevó a mi padre y a mí a protagonizar jornadas de caza, en las que, finalizando la mañana, me costaba levantar la percha por el peso de las codornices, liebres, conejos…

Muchas cosas de las que contaré os han pasado a vosotros seguro y quien más y quien menos, ha tenido un perro que ha destacado sobre los demás por la compenetración que habéis tenido con él. En mi caso, se llamaba Tilo y era un pointer excepcional.

Recuerdo las mañanas en que salíamos a cazar y a las 6 de la mañana ya estaba revoloteando por mi cuarto esperando que cogiera la escopeta y la canana. Era el mejor despertador, no fallaba. A las 6:00 horas en punto ya estaba en la habitación reclamándome para salir hacia el coto.

Recuerdo también que había días en los que no me encontraba yo muy fino de puntería (supongo que os habrá pasado a todos) y retengo en la memoria un día especial en que, a muestra de libro, quieto el perro, sin matojos ni árboles que estorbaran, le fallé una codorniz. Tilo siguió hacia a lo suyo y pareció no darle importancia, pero al poco rato. Lo mismo, muestra clara, arranca la codorniz y otra vez fallada. Esta vez, Tilo me miró como diciendo, “ya te vale majo” te las pongo “a huevo” y las fallas y aunque no lo creáis, ese día el perro se contagió de mi falta de puntería y anduvo despistado toda la mañana, no sé si como venganza o por falta de interés.

Recuerdo interminables jornadas maratonianas andando y el perro, incansable, para arriba para abajo… La compenetración que tenía con mi perro era poco común, llegábamos a la finca de trigo, y no había que decirle nada, iba poco a poco como una cosechadora, cogía las lindes de la finca y las iba olfateando hasta dar con la pieza. No había que incitarle a meterse en cualquier zarza por muy cerrada y espinosa que estuviera, se metía sin dudarlo, aunque saliera arañado por todo el cuerpo.

No se cómo describir la vinculación que llegué a tener con aquél perro, pero si sé que no hacía falta ni hablarle, le dejabas en el campo y él empezaba a trabajar sin yo decirle nada y sin dejarse un rastrojo por mirar. Sin duda, era absolutamente excepcional.

 

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